Presentación del libro: Programa Taldeka para la Convivencia Escolar.
¿Tan difícil es? Pues debe ser que sí. Los padres tenemos la rara hablidad, no siempre extendida todo hay que decirlo, de sacarle punta a la comunicación. Llegar a extremos desde el más absoluto amor por los vástagos.
Cuando preguntamos porque hablamos mucho; cuando nos callamos porque no nos interesamos lo suficiente…
La comunicación entre padres e hijos es difícil; no existe un manual, pero podemos seguir unas pautas que nos indiquen la estela de la mar a la que dirigirnos.
Sabiendo que no existen consejos concretos para todas las situaciones familiares, y aún a riesgo de meter la pata, diremos que el primer consejo es, cómo no, hacer caso a nuestra propia biología: tenemos dos oídos, dos ojos pero una sola boca.
El seguno consejo es abandonar «lo razonable» y entrar en «lo útil». No debemos seguir haciedo algo que vemos que no funciona; por mucha razón que tengamos.
El tercer consejo es practicar la «firmeza flexible». Un «no» es un «no» casi siempre; las únicas excepciones son situaciones de fuerza mayor. Para ellos debemos abandonar las improvisaciones y reflexionar, desde antes, los puntos inamovibles que no son negociables.
El cuarto y último consejo es saber que la familia es una institución no-democrática, pero que ofrece un amplio margen para que los hijos tomen sus propias decisiones en determinados ámbitos.
La Mediación es una herramienta más al alcance de psicólogos, abogados y otros profesionales, capaz de crear espacios de encuentro entre personas en conflicto cuando éste lo permite aún.
En España, la mayoría de mediaciones que se llevan a cabo tienen que ver con las familias: separaciones, divorcios, herencias, cuidado de mayores, enfermos,… Aunque en breve viviremos una normativa legal nacional referida a la mediación civil y mercantil.
El servicio pionero público lo situamos en el País Vasco, en 1997, con el primer centro de mediación familiar que trabaja desde entonces. Calaluña ostenta el mérito de ser la primera y única comunidad autónoma en contar con legislación propia en ámbito civil y mercantil.
Recientemente la Asociación Madrileña de Mediadores de la mano de su presidenta Ana Criado Inchauspé y la ilustradora Matilde de Fuentes, ha editado un libro para difundir esta tarea en la sociedad: «Mamá y papá se separan», de Editorial Morata (nov 2011). En esta publicación, a través de los ojos de una niña, se refleja cómo la fugura de un mediador profesional puede ayudar a contribuir a restaurar la comunicación entre los dos padres que optan por separarse.
La mediación busca canales efectivos de comunicación verdadera; y como consecuencia, los daños emocionales en las «víctimas colaterales»: los hijos; se reducen considerablemente.
En una pareja debe haber una comunicación fluida y verdadera si queremos ser nosotros mismos, que la relación perdure y evolucione positivamente en el tiempo.
Tú y yo somos tres: nosotros, tú y yo. Pero la sinceridad y la comunicación tiene unos límites que sería conveniente conocer.
1) Aspectos que hacen daño a la otra persona.
En vez de: «Pepe, la verdad es que, si te soy sincera, estoy harta de tu madre; siempre criticando a todas sus vecinas; ¿siempre ha sido asi de cotilla?»
Podría ser: «Tu madre tiene actitudes que a mi no me gustan. Prefiero no volver a sacar el tema porque veo que te duele.»
2) Asuntos a la que la otra persona no llega y son de la incumbencia del que habla.
En vez de: «María, ya estoy más que harto de mi jefe; no hay quien lo aguante; como te voy contando diariamente, llevo todo el mes presionado por ese proyecto, y es que encima él no hace su parte; y me acusa a mí de cosas que no son mis funciones…»
Podría ser: «María, ya sabes que en mi trabajo me siento presionado. No te contaré más detalles porque siempre son los mismos. ¿Hacemos esta noche una cena especial y nos centramos en nuestros planes para semana santa?»
3) Aspectos que la otra persona no puede cambiar.
En vez de: «María, ¿porqué tuviste que comportarte así con mi madre?, ¿no te diste cuenta que no lo decía en serio?, siempre estás igual…
Podría ser: «María, no me gustó lo que dijiste a mi madre; me gustaría que en futuras ocasiones tuvieras más paciencia»
4) Asuntos que no deben ser tratados en el momento actual; sino más adelante.
En vez de: «Cariño, qué te parece si en vacaciones de verano pasamos tres días con mis amigos, en el camping… aunque bueno, aún tu trabajo está en el aire, así que no sabremos si tus vacaciones…»
Podría ser: «Cariño, cuando se solucione lo de tu trabajo, haremos planes sobre nuestras vacaciones: Al fin y al cabo, lo importante de las vacaciones es no trabajar y disfrutar de nosotros mismos y de nuestros amigos»
En la pareja, según avanza el tiempo, los acontecimientos van surgiendo y proponiendo nuevos retos al equipo de dos. Las nuevas situaciones, las nuevas rutinas, ocupaciones, realidades,… van poniendo problemas que si se abordan con ilusión y flexibilidad; serán nuevas fuentes de placer para ambos. Hace falta que no nos durmamos en los laureles y «trabajemos» porque esa ilusión «boba» del principio, continúe creciendo y satisfaciendo a los tres.
«A nosotros nos mandan muchos deberes», dice Andrea de 9 años, soplando y quejándose…
En la actualidad nuestros escolares trabajan en la escuela dirigidos por el maestro; y en casa dirigidos por los padres y madres. Es frecuente la queja de que tienen demasiadas tareas para hacer desde que salen del colegio hasta que se van a dormir. Además, las tareas extraescolares como el fútbol, el hockey, la guitarra, la pintura o el inglés, llenan esas horas.
«Se aprende mucho haciendo deberes» continúa Andrea. «a mi no me gustan nada», afirma Joaquín. «Pues a mi me los hace mi madre», asegura Paula con desparpajo.
En cualquier caso, debemos saber que no podemos copar a los niños y niñas con unas tareas excesivamente largas y costosas. Los niños deben aprender y deben divertirse. Y los padres deberíamos reservar un espacio para que disfrutemos de ellos.
Los profesores, más bien, el sistema educativo y los responsables educativos de los colegios, deben moderar la cantidad de las tareas; y no utilizarlas nunca como castigo; como situación aversiva para que aprendan. Nadie aprende sólo por el castigo; sino que se consigue evitar la situación castigada. Para conseguir que un aluno aprenda, debemos reforzarla, animarle, premiarle y disfrutar con él. El refuerzo natural es nuestro gran aliado.
El trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDA-H) en sus tres subtipos (predominantemente desatento, predominantemente hiperactivo-impulsivo y de tipo combinado) es de los problames psicológicos más frecuentes en la población infantil. Aparece en el 5% y posee un componente hereditario, que lo hace más fácilmente identificable. Se da en 9 niños por cada niña. La probabilidad de tener el trastorno si uno de los padres lo tiene ronda el 30%; si uno de tus hermanos lo padece sube cerca del 50%, y si es tu gemelo (monocigótico) el que lo padece, la probabilidad de que lo tengas tú es de más del 80%.
Hoy en día no existen pruebas «médico-biológicas» fiables y determinantes que diagnostiquen este trastorno; por lo que su identificación se basa en pruebas psicométricas (test psicológicos) y entrevistas a familiares y a profesores realizadas por un profesional sanitario (psicólogo o médico).
No existe una solución a este problema; sino una correcta identificación, una adaptación del entorno familiar y escolar a las características de la persona, y un entrenamento en los déficits y en el control de los excesos presentados por estas personas.
Ya en 2001 la Sociedad Española para la promoción de la Psicología Clínica y de la Salud SEPCyS destacaba que que el tratamiento que ha venido siendo más eficaz para abordar este trastorno es el entrenamiento a padres, madres y profesores sobre cómo abordar a estos chavales.
Un buen diagnóstico, una buena adaptación en metodología académica y un correcto estilo educativo parental, hacen que estas personas puedan desarrollar su vida con todo su potencial y sin especiales barreras.
Existe un trastorno que se llama «Trastorno Negativista Desafiante», que cursa con un patrón de comportamiento generalizado que incluye enfrentamiento con la autoridad, provocaciones, desafíos, actitud negativista,…
El comportamiento de estos adolescentes ha traspasado ya los límites de lo considerado «normal para su edad» y realmente su estilo continuado es un enfrentamiento constante.
Es difícil abordar estos casos; por el simple hecho de partida de que ellos mismos o ellas mismas no desean ser abordados; no consideran que tienen ningún problema ni creen necesitar ayuda.
Los padres debemos acudir a un psicólogo especiallizado en estos casos para recibir el asesoramiento y las pautas de abordajes más efectivas; y que al menos no empeoren la situación. Cuando una persona no tiene la solución a un problema, no es poco adoptar estrategias que no lo empeoren.
El origen de la conducta negativista desafiante esta en la propia persona; no debemos explicarla exclusivamente en base a modelos de aprendizaje; o a influencias externas.
El peso de los iguales es evidente; pero no es determinante; por eso iniciativas como la que recientemente ha presentado Javier Urra con el «Centro Recurra» son dignas de elogio y difusión.
En tiempos remotos se entendía la adolescencia como «la falta de» madurez, de adultez, o la ausencia del perfil de adulto que aún estaba por venir. De ahí el origen etomológico de la palabra: adolecer, carecer de.
Ahora sabemos que no existe una etapa en la vida en la que se «tenga todo»; y por tanto otra en la que «falta algo». Cada momento vital es diferente del siguiente y del anterior. La vida son ciclos, episodios personales que vamos llenando de vivencias, recuerdos, experiencias; y a los que llegamos con unas capacidades y unas habilidades determinadas. Estas habilidades y estas capacidades irán evolucionando, cambiando con el paso del tiempo y con nuestra propia actitud. Más las habilidades que las capacidades.
En la niñez aprendemos una ingente cantidad de items, quizá más que en otros momentos, pero nunca llega un momento en el que decimos: «ya hemos aprendido todo». La edad adulta no es homogénea, las personas mayores no pertenecen a una categoría idéntica entre sí. Y los niños no son todos iguales.
Pretender llegar a metas; en vez de recorrer caminos suele ser un sistema de vida que conduce a la infelicidad; o al menos a no conseguir la felicidad de manera plena.
Nos encontramos con la vida; sin haberla pedido, y nos surge enseguida el reto de vivirla. No nacemos con libro de instrucciones; no existe ningún manual para seguir y así poder evitar errores, fomentar aciertos,… La experiencia nos hace más sabios, y de ella siempre aprendemos y sacamos una lección; aunque en ocasiones nos cuesta verla. Los momentos duros que nos marcan emocionalmente debemos digerirlos con cuidado. No debemos exigirnos evitar las emociones dañinas que nuestro cuerpo experimenta; sino que debemos dejarlas estar; convivir con ellas y más adelante, en su momento, poder modificarlas con nuevas experiencias y nuevos planteamientos vitales; nuevas perspectivas…
Jugar y los juguetes. Dos caras de la misma moneda: la diversión y el desarrollo de los valores en los niños y niñas.
En ocasiones pensamos que el juguete más caro, el que «hace más cosas» puede ser el que más aporte a nuestro hijo o a nuestra sobrina. A veces pensamos que la diversión debe ser máxima con sólo apretar un botón. En otros momentos queremos que el placer llegue a raudales, al abrir el envoltorio y ver el contenido. Pero nos equivocamos.
Para que un juguete pueda producir esos sentimentos y emociones en un niño, debe ser atractivo para él, sí; pero debe favorecer un juego activo; una interactuación proactiva del niño o de la niña. El juguete debe provocar al niño a que él aporte su creatividad, paciencia, destreza, habilidad, sociabilidad,…
Lo juguetes pasivos, que únicamente requieren ser contemplados, no aportan más que sensaciones de sorpresa o admiración; pero no ayudan a poner en marcha a los niños, a sacar lo mejor de ellos mismos.
Los juguetes activos, piden al niño que juega una respuesta, una actitud, un control, una hablidad,… y favorecen su desarrollo.
Por último, debemos saber que el mejor juguete ya está comprado, y no se vende en la tiendas: los adultos que educamos a los niños y nuestro tiempo.
Algunos hacen de ellos su estandarte educativo, a otros, sólo de pensarlo, les tiembla la mano, otros les atribuyen propiedades traumatizantes y otros usan más su amenaza que su presencia real.
Los castigos no educan a los niños; sino que les limitan determinados comportamientos; siempre y cuando dichos castigos cumplan unas características esenciales. A saber:
FIRMES: Si un padre o una madre dice que si Pepe sigue molestando a María le va a dejar sin cenar; si la condición se da; Pepe debe ir a la cama sin cenar. Perro ladrador poco mordedor… si ladramos… mordamos, de lo contrario, mejor no ladrar.
CORTOS: El evento negativo o la ausencia del evento positivo debe durar poco tiempo. Para saber si es corto o largo, debemos comparar con la costumbre y los hábitos del niño o la niña en cuestión. En cualquier caso nunca superiores a una semana.
INTENSO: Debe doler, debe fastidiar, debe incomodar, debe ser desagradable; pues de lo contrario se convierte en una amenaza al viento.
INMEDIATO: Debe seguir a la conducta castigada; debe ser inmediatamente posterior a lo que queremos que desaparezca.
PROPORCIONAL: Debe haber una relación entre lo que ha hecho el niño y lo que le imponemos de castigo. No vale dejarle sin Reyes Magos por tirar la comida por el suelo; ni castigarle cinco minutos «a pensar» en su cuarto por destrozar por séptima vez los dibujos de su hermana.
COHERENTE: En nosotros está la uniformidad en el tiempo. A mismos hechos, iguales castigos; no debe depender de nuestro estado de ánimo.
CON FECHA DE CADUCIDAD: Debe terminar, y debe olvidarse, debemos aparcarlo en el tiempo, no recordar los castigos. Y antes de ponerlo, el niño o la niña deben saber cuándo acabarán. Es mejor muchos cortos, que uno largo.
ESPORÁDICO: Debe aparecer de vez en cuando, no puede ser cuna constante en la vida del niño. No debemos castigar, por poner un límite, más de dos veces al día a niños de entre 4 y 9 años. Si sobrepasamos ese límite, deberemos replantearnos la estrategia educativa en general y disponer de otros recursos más efectivos.
SIN ENFADARSE: El castigo es una consecuencia a una conducta negativa y pide un control emocional y un freno al castigado. No podemos ser incoherentes y actuar de su misma manera. No podemos castigar chillando y sin hablar al niño durante una tarde entera cuando la conducta castigada es que el niño se ha enfadado y ha ignorado a su hermanita.
DISTINGUIR CONDUCTAS DE PERSONAS: No castigamos personas, sino comportamientos; por eso no está de más decir: «Pepe, eres un buen niño, te quiero mucho, pero esta noche te quedarás sin cenar por tirar toda el agua por el suelo mientras te bañabas».
Y recordar que… los castigos NO ENSEÑAN, no educan, no hacen que los niños se comportan mejor; eso es el papel de los REFUERZOS. Los castigos es el tercer recurso educativo tras premiar e ignorar.
¿Quién dijo que era fácil?